viernes, 28 de diciembre de 2007

ESTUDIO DE LA POESÍA DE EDUARDO COTE LAMUS


ESTUDIO DE LA POESÍA DE EDUARDO COTE LAMUS

Al recorrer el mundo creado por el autor nortesantandereano, a partir de sus cinco obras: Preparación para la muerte, Salvación del recuerdo, Los sueños, La vida cotidiana y Estoraques, se hace más concreto elaborar un análisis poético de su obra, teniendo presente que en los poemarios citados, sobresalen una serie de variables y variantes relacionadas con el tipo de texto, objeto de estudio.

Preparación para la muerte, poemario publicado en 1950, es considerado por Guillermo Alberto Arévalo, junto a los dos textos siguientes, como “[…] la fase preparatoria de su obra poética”[1] y es, precisamente, en este texto en el que empieza la inquietud de Cote Lamus por la temática del tiempo que desarrollará en su última pieza literaria, relacionada con la conformaciones geológicas. En el poema “Confesión a los 20 años” se hace evidente esa preocupación, en la parte inicial de esta creación: “Veinte años…Y la infancia… Y un dolor. / Y la tristeza. Y los tiempos. Y la angustia”[2]. Obra que se basa en esa sumatoria de años para hacer un alto en el camino y permitir un paseo a través del recuerdo, en el que las alusiones a la infancia, se harán notar; de igual forma, el poeta trae al presente la evocación de la persona que lo acercó a la vida, que lo trajo sin ser invitado previamente: “Recuerdo mi Madre florecida de armonía”[3]. Después de esto, se sumerge en la aparición, casi mágica, de sus hermanos, del romance y las novias, que le permiten, evocar su cuerpo, aquellas manos “como puertos / aguardando el arribo sorpresivo de mis manos”[4].

Por otro lado, surge con la fuerza de su pluma, la temática de la muerte, que lo acompañó de cerca. En el poema “Hasta que llegue la muerte”, esa constante toma posesión de su pensar y de su actuar como poeta, como ser humano y como amigo, pues, este texto fue dedicado a Aurelio Angarita. Cote Lamus inicia con: “Hasta que llegue la muerte, amigo mío / estaremos aguardando lo inefable”[5] y es este verso, el que se convertirá en una compañía para el lector. Queda la duda de poder definir o saber eso “inefable” que preocupa al poeta y es, en la última estrofa, en la que asoma una posible relación ante esto, que podría ser impronunciable o inenarrable y es cuando advierte que: “(Amigo mío: esperemos que nos llegue nuestra muerte. / Y si a ti, se te acerca antes, / regresa con ella el día que me toque el turno / para que me cuentes, antes de morir, / ¡qué es lo inefable!)”[6]

Muerte que, nuevamente, se hace presente y para la cual, hay que estar preparados. Recuerdos que surgen para mantener los pies en la tierra, a la que volveremos al perder la chispa de vida. En “Preparación para la muerte”, el poeta repite la preocupación, expuesta en el poema anterior. En éste, se construye con acciones, con una invitación, que aunque tardía, es oportuna. Él cierra su creación poética con “y decid a los vientos y paisajes: ‘Ya nos vimos’ / y al Señor: ‘Aquí están mis ojos esperando’”[7], esos mismos que le permitieron explorar y recorrer todo lo creado por ese supremo ser; esos ojos que le permitirán al dueño de todo lo habitado, conocer el interior, indagar por su interior, a través de esas ventanas del alma, en las que se convierten esos pares que, a pesar del dolor, de cerrarse definitiva e irremediablemente, siguen cumpliendo su labor, esta vez no tanto para ver, sino para ser vistos. Hay un verso, que para muchos críticos, en los que se encuentran Guillermo Arévalo y Hernando Valencia Goelkel, es el que se rescata de este primer poemario y es: “La vida se cierra fuertemente como una mano”[8]. Verso que hace parte del poema nostálgico y lleno de pesadumbre, que se titula “Elegía desolada” y en el que se mantiene ese continuo llamado a la muerte, que desempeña su labor de forma implacable. Pieza poética en la que el silencio, el cansancio, la desesperación, la soledad y la nostalgia se encuentran para crear el sentimiento de fatiga y de entrega a la no vida.

En Salvación del recuerdo, dado a conocer en 1953, el amor se impone bajo todas las formas posibles. Se mantiene la esencia de la tristeza y de la nostalgia del primer poemario, pero la presencia del amor tiende a suavizar lo rudo que puede llegar a ser el vivir. “Esto es amor”, es la declaración explícita de todos los síntomas, estados y sentimientos que se albergan y se recogen en el rótulo del amor. La desesperación es el eje central de esta locura, imposible de descifrar, clasificar y explicar. El último verso, a manera de conclusión, pretende resumir todo lo citado y expuesto por el poeta: “Esto es amor: ser uno proyectado”[9].

En “La palabra imposible”, empieza a tomar forma su labor e interés por dejar claro su oficio de poeta como artífice de la palabra, como constructor y generador de emociones: “cómo se dice ‘Amor’, cómo se dice ‘Amada’”. / He querido sacar a flote una palabra”[10]. El juego del creador, el acto de nombrar sin caer en lo conocido por todos. La dura tarea de escoger el término correcto, las palabras que formen la metáfora ideal para construir otros sentidos.

“Nana en el tiempo” demuestra que el poeta ha quedado seducido por la infancia, esa que tanto agradó a su compatriota José Asunción Silva, pero no para mencionar los juegos de infancia o los personajes que se convirtieron en el mundo que lo abrazó tiernamente. En este caso, es recordar esos primeros años para poder comprender la magnitud y lo implacable que el tiempo puede llegar a ser. En los dos primeros versos de la segunda estrofa, el poeta amante de la política y del contacto con la gente expresa: “Te voy a contar algo de mi infancia, por ejemplo, / de cómo yo vivía comprendiendo el tiempo.”[11]. Esa preocupación inicial que se le hace inexplicable y que al ver el paso de los años, nota la forma cruel como se hace presente; en momentos para desaparecer lo vivido, en otras ocasiones, para golpear y destapar las viejas heridas que aún no cicatrizan ni fueron tratadas.

Como se ha visto, el amor atraviesa la línea de este poemario. Títulos como “Poema imposible” en el que señala a su amada que: “Deja por última vez que mi tacto te sepa / porque quiero aprenderme tu cara de memoria”[12]; “Nueva declaración de amor”, “Beso transparente”, “Nocturno en tus ojos” son sólo algunas muestras de esa reivindicación a ese sentimiento, que en momentos lo lleva al éxtasis y en otros, a la melancolía de no tener esa persona que se ama, junto a él, como en el verso “Ya no te siento a mi lado […]”.

“Cote Lamus fue una de las voces más personales […]”[13] y es de esta forma, como en su tercer poemario intitulado Los sueños, hace su carta de presentación. Su paisano, José Luis Villamizar Melo, coincide con el poeta madrileño, pues, considera que el autor de esta obra publicada entre 1951 y 1955, elaboró una “Poesía depurada, rica de sugestiones y vivencias personales”[14]. Impresiones que al ser corroboradas con los poemas, se aprecian claramente. Hay uno cuyo título es “A Jorge Gaitán Durán”, su amigo, camarada y compañero de labores en la prestigiosa revista Mito, cuna de futuros poetas y narradores que cubrirían el cielo con su gloria y prestigio como Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, Fernando Charry Lara, entre otras luminarias. En el mencionado texto poético, hay unos versos que demuestran ese amplio conocimiento que no solamente Cote Lamus tuvo de la obra de su colega, sino también de su vida: “Remontando palabras has buscado / la presencia del hombre, la insistencia en lo triste: medidas de tu asombro”[15]. “Autobiografía” es otra muestra fiel de ese tono personal que el poeta le imprimió a su producción literaria. Versos como: “Me gusta conversar con mi silencio”, “Mi infancia fue la cerrazón de un día” o “Nací en el tedio del calor del trópico”[16] que dan una idea de la real vida del poeta, en la que se repite el tema de la infancia y su lugar de nacimiento: Cúcuta.

En “Los indudables sueños”, reaparece la temática y el análisis emprendido a partir del tiempo y su indudable huella en la especie humana. En los versos: “Dos espejos son el tiempo y el hombre / y cada uno se contempla en el otro,”[17] se evidencia esa continua preocupación del poeta por el irremediable paso de los años, que van dejando unas marcas indelebles en la piel, en el sentir y en el actuar de los hombres. El espejo desempeña la labor de instrumento, a través del que se aprecia la dura realidad, ese niño del que escribe Cote Lamus que se convierte en adulto. Esa arquitectura que se deteriora con la mirada del tiempo. Ese deambular de los segundos, minutos y de las horas que no dan tregua y que es imposible detener. El poema “En el aire se borran las palabras”, además de centrar su atención en las herramientas que posee todo poeta, también hace coqueteos con el viento, del que hablará en su poemario “Estoraques”, al igual que del tiempo, del que expresa que es el “fiscal de lo perdido”.

En su cuarto poemario: La vida cotidiana, presentado al público en 1959, se hacen presentes nuevamente temas como el tiempo, la anécdota y el erotismo (aspecto que con el de la muerte lo une al poeta Jorge Gaitán Durán), entre otros. “La estación perenne” es uno de los que más se ha hablado en relación con el erotismo. Versos tan evidentes como “Tu piel es el límite del fuego” o “Somos un cuerpo solo luchando contra la muerte”[18] en los que el éxtasis del poeta se abraza al deseo de reconstruir esas imágenes en las que dos seres comparten su esencia y su piel, como si estuviesen viviendo en carne propia las diferentes estaciones, que en esta oportunidad, surgen como resultados de la fricción, del roce ocasionado por seres que llegan a compartirlo todo.

Además de reiterar el óbito, como se hace palpable en “Elegía a mi padre”, “A un campesino muerto en la violencia”, “Silva” y en “La muerte”, en versos como: “Una vez tendido le dio por morirse como / antes le había dado por vivir”[19], “Un día sin por qué, sin que supieras / que la muerte venía / te quitaron la vida”[20], “No se llore la muerte porque la muerte es una compañía”[21] y “Cada hombre lleva dentro una muerte madura”[22], respectivamente. Cote Lamus vuelve al tema del paso del tiempo, en aquel poema en el que hace gala de su conocimiento del alemán y de la cultura germana, titulado “An der Gewesenheit” en el que se alude a la fundación de una ciudad, mencionando que el río “El Spree comienza lento, casi sin moverse / arroja a sus orillas una ciudad;”[23], ese nombramiento del afluente, que nace cerca de la frontera con la nación checa, que lleva implícita la conformación de un lugar en el que con el pasar del tiempo, florecerá una civilización que acabará con toda la naturaleza para dejar que se impongan las industrias y la contaminación. En el poema “Árbol sobre piedra”, ya hay un anticipo de este tema, que apasionó al poeta, enterrado en Pamplona, Norte de Santander y es cuando manifiesta que: “todo el viaje del río y pasa el aire / dando formas y sombras, dando horas”[24]. Esa transformación que es inevitable y que dará lugar a una nueva construcción como resultado del paso inevitable, no sólo del tiempo sino también del viento y del aire, que circulan por doquier.

El siguiente “objeto poético”[25] es Estoraques, obra que dio la luz entre 1961 y 1963, que demuestra todo lo aprendido y todo lo recorrido por el poeta nortesantandereano. Es la evidencia más clara de su grandeza como maestro y dios de la palabra. Este texto, tal y como lo afirma Hernando Valencia Goelkel, “[…] se trata de una prolongación – de algo que viene de atrás – y de una nueva culminación”[26]. Esas ocho partes en las que está dividido el texto, manifiestan la madurez alcanzada y lograda por el vate que combinó su labor literaria con la política, al desempeñar cargos como parlamentario, gobernador, senador, entre otros. El solo inicio del poemario con “El viento que viene y el viento que va / no son nada, en realidad, del tiempo.”[27] lleva a la conclusión, que ante este fenómeno, no hay reclamo que valga; solamente se puede ser testigo, que esa mirada abrumadora del tiempo tiene sus consecuencias, que por lo general, son irreparables. El profesor cucuteño Juan Pabón Hernández expresa que Cote Lamus pretende con “Estoraques” elaborar y plasmar una “[…] síntesis de lo que ocurrió en el entorno de las formas, delimitadas por el viento, y por el tiempo, tremendamente avasalladas por el devenir”[28]. Las ciudades antiguas que fueron víctimas de este paso y que ahora son ruinas, al igual que esos montes erosionados.

Todo lo anterior es una pequeña muestra de esas temáticas que son constantes en la obra poética de Cote Lamus, que surgieron de forma casual y casi inocente en sus primeros poemarios y que con el paso del tiempo, se fueron transformando y adquirieron esa madurez, que hizo de este gran poeta colombiano, uno de los hitos de la literatura no sólo nacional sino universal.

BIBLIOGRAFÍA

ARÉVALO, Guillermo Alberto. “La poesía de Eduardo Cote Lamus”. En: Obra litearia. Eduardo Cote Lamus. Cúcuta, Fondo de Autores Nortesantandereanos, 1995.

COTE LAMUS, Eduardo. Obra literaria. Cúcuta, Fondo de Autores Nortesantandereanos, 1995.

GREIMAS, Algirdas Julien. “La lingüística estructural y la poética”. En: En torno al sentido. Ensayos semióticos. Madrid, Editorial Fragua, 1973.

PABÓN HERNÁNDEZ, Juan. Una mirada al tiempo. Cúcuta, Universidad Francisco de Paula Santander, 2000.

PANERO, Juan Luis. Poesía colombiana 1880-1980. Una selección. Bogotá, Círculo de Lectores, 1981.

VALENCIA GOELKEL, Hernando. “Nota preliminar”. En: Obra literaria. Eduardo Cote Lamus. Cúcuta, Fondo de Autores Nortesantandereanos, 1995.

VILLAMIZAR MELO, José Luis. Perfiles memoriosos. Cúcuta, Imprenta Dptal, 1997.

[1] ARÉVALO, Guillermo Alberto. “La poesía de Eduardo Cote Lamus”. En: Obra literaria. Eduardo Cote Lamus. Cúcuta, Fondo de Autores Nortesantandereanos, 1995. Pág. 12.
[2] COTE LAMUS, Eduardo. Obra literaria. Cúcuta, Fondo de Autores Nortesantandereanos, 1995. Pág. 34.
[3] Ibíd., pág. 34.
[4] Ibíd., pág. 34.
[5] Ibíd., pág. 39.
[6] Ibíd., pág. 40.
[7] Ibíd., pág. 41.
[8] Ibíd., pág. 44.
[9] Ibíd., pág. 67.
[10] Ibíd., pág. 69.
[11] Ibíd., pág. 78.
[12] Ibíd., pág. 123.
[13] PANERO, Juan Luis. Poesía colombiana 1880-1980. Una selección. Bogotá, Círculo de Lectores, 1981. Pág. 8.
[14] VILLAMIZAR MELO, José Luis. Perfiles memoriosos. Cúcuta, Imprenta Dptal, 1997. Pág. 132
[15] COTE LAMUS, Eduardo. Obra literaria. Pág. 176.
[16] Ibíd., pág. 171.
[17] Ibíd., pág. 150.
[18] Ibíd., pág. 260.
[19] Ibíd., pág. 213.
[20] Ibíd., pág. 229.
[21] Ibíd., pág. 222.
[22] Ibíd., pág. 261.
[23] Ibíd., pág. 230.
[24] Ibíd., pág. 265.
[25] GREIMAS, Algirdas Julien. “La lingüística estructural y la poética”. En: En torno al sentido. Ensayos semióticos. Madrid, Editorial Fragua, 1973. Pág. 327.
[26] VALENCIA GOELKEL, Hernando. “Nota preliminar”. En: Obra literaria. Eduardo Cote Lamus. Pág. 273.
[27] COTE LAMUS, Eduardo. Obra literaria. Pág. 291.
[28] PABÓN HERNÁNDEZ, Juan. Una mirada al tiempo. Cúcuta, Universidad Francisco de Paula Santander, 2000. Pág. 5.